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lunes, 29 de mayo de 2017
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Los centros culturales en Latinoamérica como modelos de gestión PDF Imprimir E-Mail

ImageRégulo Pachano Olivares, Director General del Centro de Arte de Maracaibo “Lía Bermúdez”, analiza la potencialidad de estas instituciones versátiles fundamentales para la dinámica cultural urbana.

América Latina ha sido un territorio históricamente pleno de valores e identidad cultural propios, que a lo largo de su evolución ha ido interrelacionando cada espacio de su geografía, por medio de su gente y su desarrollo social. Este intercambio ha sido muy lento y hasta distante en algunos momentos, justamente por la distancia territorial. Afortunadamente nos une una misma tierra, que independientemente nos ha permitido integrarnos a todos como latinoamericanos.

Este esfuerzo ha sido indiscutible por razones naturales societarias y por políticas que cada una de las poblaciones y comunidades han instituido. Entre otras válidas razones, por aquello de que todo lo que produce el hombre en su proceso creativo y que se constituye en cultura, va recorriendo naturalmente cada ambiente, ríos, montañas, pueblos, mares, selvas, desiertos, poblaciones, veredas, comunidades y ciudades. Allí se reciben, se asumen y se comparten.

La dinámica sociocultural de los últimos tiempos ha hecho que todos esos procesos hayan conseguido un instrumento verdaderamente consolidador de ese proceso natural, ya que la misma gente ha diseñado y creado espacios para el encuentro y diálogo permanente de sus culturas entre sus habitantes y sus creadores y su realidad social, científica, económica y turística.

Cada sociedad ha ido creando esos espacios con un concepto cultural de proyección e interés incalculable. Su acción diaria comprometida con la construcción de ciudadanía, el mejoramiento de la calidad de vida y la posibilidad de difusión y promoción de nuestros rasgos identitarios, ha posicionado en el colectivo lo que hoy conocemos como centros culturales, corazones culturales de cada localidad, pueblo o ciudad.

La dinámica sociopolítica de nuestros pueblos latinoamericanos, incluso de algunos países europeos, ha permitido el nacimiento de estos espacios culturales. Su trabajo sostenido de apertura y de intercambio permanente entre la gente de este continente latinoamericano, que respira aires de verdadera integración en los últimos años, es digno de ser reconocido.

Ejemplo entre muchos es el Centro Cultural Estación Mapocho, en Santiago de Chile. Este espacio de recuperación arquitectónica impactante de una antigua estación de tren en el centro de la ciudad, conforma un espacio de esparcimiento, recreación y educación que cumple una responsabilidad social beneficiosa para la población en todas las áreas del saber. Su dinámica cultural lo ha transformado en una referencia.

De igual forma, en Santa Fe de Bogotá hoy se erige como más que una trascendente e importante biblioteca, el Complejo Cultural Luis Angel Arango. Este verdadero centro cultural ha crecido bajo las exigencias de uso de la ciudad y ha redimensionado el espacio de uso y disfrute a la vez que ha ido estimulando al Estado para que diseñe verdaderas políticas en pro y defensa del patrimonio urbano inmediato. Hoy por hoy es uno de los centros históricos recuperados más importantes del continente y, en conjunto con el centro histórico de la ciudad de Quito, constituye un espacio de perpetuidad histórica cultural, no solo para los colombianos sino para los habitantes del continente americano.

Los centros culturales contribuyen con su dinámica y trabajo a estimular el diseño de políticas culturales que rinden un beneficio directo a cada población y muy especialmente a su entorno.

Esta acción, en el caso de Venezuela, podemos estudiarla y disfrutarla en el Centro de Arte de Maracaibo “Lía Bermúdez”, centro cultural multidisciplinario ubicado en el antiguo Mercado principal de la ciudad, a orillas del Lago de Maracaibo. Por su vocación popular y su ubicación en el casco central de la ciudad, ha tomado como norte de su gestión, desde cada uno de sus programas y actividades, la revalorización y rescate del espacio urbano como objeto cultural del hombre. Es decir que no sólo produce y genera actividades y programas culturales en su recinto interno, en su compromiso de gestión, sino que diseña y estimula la mirada a la ciudad como objeto cultural.

Los centros culturales indiscutiblemente son esos espacios catalizadores de la vida cultural de la ciudad, de la comunidad, que a lo largo de muchos años como instituciones de naturaleza multidisciplinaria se convierten en referentes de niños, jóvenes y adultos, quienes hallan en estos sitios de encuentro la posibilidad del conocimiento y descubrimiento en diferentes áreas.

La esplendorosa y envolvente Buenos Aires cuenta con otro de los complejos culturales de mayor dinámica y presencia en el continente. Con una gestión innovadora desde lo local hasta lo internacional, el Centro Cultural General San Martín es testigo vertical del crecimiento y desarrollo de una metrópolis cultural de América Latina, de la vida de una ciudad y un país que ha vivido profundamente desde lo humano. Es allí donde radica la importancia y esencia de un espacio que permite encontrar alternativas, que crece con la ciudad, que visualiza futuro, que construye y dinamiza políticas culturales muchas veces desatendidas por los estados nacionales. Sin embargo, el espíritu cultural del espacio conjuga los esfuerzos y esperanzas del porteño, que abre su casa con más de 35 años, para consolidar la integración latinoamericana con su propuesta de tejer y compartir experiencias culturales. Este es un laboratorio ideal para la gestión cultural comparada, en estas tierras que todos los días produce y aporta a la humanidad.

Vemos así, entonces, cómo estos espacios de expansión de emociones se convierten en patrimonios vivos de cada ciudad. Esto, básicamente, se debe a su perfil de vocación popular y a los criterios que tienen por su propia naturaleza.

Esta vocación popular permite la verdadera participación de la gente más allá del simple rol de espectador. Un centro cultural se diferencia de otro recinto destinado a la difusión de diferentes expresiones creadoras por su relación con el usuario o público, ya que podemos decir que los centros culturales han dinamizado y cambiado absolutamente los criterios de gestión cultural, de lo que debe ser primero un núcleo cultural, por su concepción de lo que es y de cómo se asume el concepto de cultura. A diferencia de otros espacios educativos culturales que parecen resistirse a la dinámica cultural y quedarse solamente en la concepción, ya agotada, de ser meros contenedores de obras de arte o de representaciones clásicas, los centros culturales han ido avanzando en los últimos treinta años como verdaderos espacios abiertos de interacción interna-externa y, lógicamente, externa-interna. A tal punto que en muchas ciudades, como en Maracaibo, el Centro de Arte “Lía Bermúdez” marca pauta de gestión en el día a día del quehacer cultural por ser innovadores, pero cargados de una profundidad en el compromiso cultural educativo, de construcción de ciudadanía y por permitir con criterios de pluralidad la verdadera participación de creadores y comunidad.

Cada día de trabajo cultural que transcurre en un recinto de naturaleza multidisciplinaria, es un día de encargo social, como lo ha definido el maestro Xavier Marcé, en el Primer Curso de Gerencia de Las Artes Visuales, dictado por la Fundación Polar en Caracas, en el año 1992. Si bien ha transcurrido un tiempo considerable, hoy en día podemos afirmar que la acción cultural desde uno de estos lugares de gestión multidisciplinaria, como centro de convergencia de diferentes factores y actores de una localidad, los conllevan a ser agentes de transformación y estimuladores de las diferentes manifestaciones creadoras del hombre.

Vivimos momentos de gestión y autogestión. Todos los actores culturales (el Estado en todas sus instancias, instituciones, organizaciones, proyectos, individualidades, etc.) diseñan, desarrollan y establecen estrategias con los creadores para la promoción y difusión de las artes y la cultura, interactuando en beneficio de la comunidad y por ende de la sociedad.

El Estado venezolano, en los últimos años, ha dado claras evidencias de haber diseñado y establecido unas líneas de acción que indiscutiblemente han permitido que las relaciones en y desde el área cultural se estén fortaleciendo desde lo local-local, en lo local-nacional y en lo local-internacional. Evidencias las hay. Ganas, también. Otros hemos conseguido concretar algunas alianzas y desarrollamos espacios de participación y creatividad.

En el caso venezolano, el diseño y creación de este tipo de organizaciones culturales ha llevado a niveles administrativos de verdadera innovación hasta en las figuras jurídicas administrativas que tiene el Estado. Se han normatizado las mismas a través de la figura de Fundaciones de Estado, lógicamente las que constituye el sector público. De esta manera, todos los sectores están representados organizacionalmente, desde los órganos de poder central administrativo hasta las organizaciones sociales comunitarias, como las sociedades de amigos de estas instituciones.

Estas contribuyen en el desarrollo de sus actividades y programas, especialmente en materia de financiamiento. Así, todos los sectores públicos y privados estén comprometidos en el respaldo institucional.

Han sido años complejos, de mucho esfuerzo para sensibilizar y comprometer a la dirigencia política venezolana, pero la voluntad de la comunidad ha inducido la mirada sobre estos recintos culturales que son una referencia de la misma gente. Espacios públicos de alcance social significativos por intermedio de la labor pedagógica, lúdica y lucrativa, que permiten valorizar y rescatar nuestros orígenes e identidad cultural, ante una globalización que debemos capitalizar para integrarnos.

Y es aquí donde aparece esta figura de gestión de los centros culturales como catalizadores de la vida de la ciudad y su gente. Como hemos indicado, espacios de verdadera participación y libertad creadora, donde podemos diseñar y materializar proyectos, programas, alianzas, estrategias, desde y con la comunidad, con nuestro entorno, hasta llegar a otros ámbitos.

Ha sido interés del Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez, como centro cultural multidisciplinario de espíritu integracionista, participar y estimular como lo hacen otros centros de la misma naturaleza en América. Ser instrumentos de interrelaciones en actividades como Barro de América o circuitos de actividades expositivas y escénicas. Incorporarse a manifestaciones de voluntad en lo cultural como la Red Cultural Mercosur y la Red de Centros Culturales de América y Europa, producto de la visión y conocimiento profundo de los gestores culturales de su realidad sociocultural. Estas iniciativas permiten que en ésta área de la cultura y las artes se pueda ingresar y participar, en lo más inmediato, como ciudadano, en una verdadera acción integradora de nuestros pueblos, por voluntad natural y no decretada oficialmente. Los pueblos, su gente y su cultura, vienen tejiendo América en sueños.

 

Régulo Alfredo Pachano Olivares es abogado y especialista en Gestión Cultural. Se graduó en España como Magíster en Gestión Pública Local para el Area Andina. Fue Legislador y redactor de la Ley de Cultura del Estado Zulia, Venezuela, en 2000. Director Ejecutivo del Consejo Zuliano de la Cultura entre 1993 y 1995. Desde ese año es Director General Titular del Centro de Arte de Maracaibo “Lía Bermúdez”.